El sol empezaba a salir por detrás de esa bonita montaña, iluminando las ruinas de ese pueblo y a la vez haciendo cantar al gallo para despertarnos. En ese instante supuse que eran las 7 de la mañana, una hora algo temprana para que en verano yo, me despertara. Entonces oí a mi padre levantarse, seguramente te preguntarás como sabía que era mi padre o no mi madre, y es que es una pregunta muy sencilla de contestar, por el simple sonido de sus zapatillas al rozar con el suelo. Supe que iba a trabajar, como muchos otros hombres y mujeres, que al cantar el gallo se levantan para hacer sus faenas matutinas. En ese momento me quedé otra vez dormida, pero me desperté en un segundo, que no había sido simplemente un segundo, si no que ahora ya eran las 12 del mediodía, y me parecía increíble que nadie me hubiera despertado, aunque realmente me parecía genial. Me levanté tan tranquila y bajé a la cocina, esa cocina recién pintada y decorada y que a la vez me gustaba tanto. Desayuné algo que no llenara mucho, con un zumo de naranja recién exprimido tenía suficiente, y me dirigí a la ducha. Me encanta bañarme pero la sequía no me lo permite así que prefiero hacerme una ducha rápida y justo cuando salía sonó mi móvil. “Por fin” pensé, ya era hora de que me viniera a buscar con su moto. Él, con el que pasaba mis días, mis horas, mis minutos, mis segundos de verano, con él me iba al final del mundo subida a su moto. Me vestí corriendo y salí disparada, eso si, siempre bien guapa para él. Lo vi, sonriente como siempre con su casco en la mano y con el mío en la otra. Subí y nos perdimos entre la gente, entre las calles, entre la luz del sol de verano, él y yo solos.
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