Iba corriendo, la dirección a la que me dirigía la verdad es que me daba bastante igual. Delante la tenía a ella, a esa chica que me volvía loco, corría delante de mi, sin girarse para atrás y riendo como una niña pequeña. Eso era lo que más me gustaba de ella, que era como esa niña cariñosa y frágil que necesita que alguien la cuide y la acune, y ese era yo. Yo estaba allí para protegerla de todo mal. Me paré en seco un momento, no podía seguir corriendo, y ella no paraba porque no quería que yo la alcanzara, y de repente lo noté, no la veía, no la podía oír reír, no podía sentirla, me empecé asustar y en ese momento me di un buen golpe en la cabeza. Abrí los ojos y ya no estaba en ese bosque, estaba en mi habitación tirado en el suelo, y es que solo había sido un bonito y precioso sueño, el mismo sueño desde que sueño contigo.
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