Está allí, estirada, tal y como la había dejado la madrugada de ese mismo día. Parecía que no se hubiera movido para nada. La miré fijamente, parecía feliz, contenta, su sonrisa al menos demostraba eso. Entreabrió los ojos, y me dedicó una bonita sonrisa, una de esas que ella sabe que tanto me gustan. Quise abrazarla, pero de repente se le borró la sonrisa al levantarse. Empezó a chillarme, al principio me sobresalté, pero luego pensé que no era extraño, siempre era igual. En un momento tocaba el cielo con ella y en un segundo me transportaba al infierno. Ya no lo soportaba más. Dejaba gritarme, pegarme, insultarme hasta el punto en que se cansaba y se iba a su casa. Empezaba a darme igual lo que hiciera, estaba derrotado de luchar contra ella, de hacerla entrar en razón. Supuse que tenía a otro, que se había enrollado con él y que no sabía como decírmelo, así que se lo puse muy fácil, un día la llamé y le dije que todo había terminado, y esta vez era para siempre.
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